La prostitución no es un arte, un oficio y mucho menos una profesión. La prostitución es el escaparate de un gran centro comercial donde se esconde una realidad la cual nos exponen de una manera sibilina normalizadora como un producto de necesidad histórica  y demanda. Nada más lejos de la realidad, la prostitución es el ejemplo más claro de inmovilismo por parte de los actores obligados a intervenir debido a razones de desigualdad social y delincuencia.

El ejercicio de la prostitución no nace de una manera voluntaria, es el derivado de una serie de consecuencias dramáticas y forzado por una necesidad situacional que lleva al ser humano a profanar lo más preciado de su ser. Dicho de una manera más directa: la prostitución es ejercida por obligación directa o indirecta, ¡que no te cuenten milongas!

La prostitución es la demostración más clara de la hipocresía masculina y la maldad de nuestro ser. El artículo 187 de nuestro Código Penal es muy claro, pero aún definiendo los delitos de prostitución y explotación sexual, que a mi modo de ver son exactamente lo mismo, es completamente normalizada su práctica en nuestro país pero paradójicamente es supuestamente perseguida.

No nos dejemos embaucar por esos hipócritas que se abanderan de defender los derechos de la mujer y después permiten voluntariamente o con el inmovilismo el camino hacia la prostitución, con “servicios” que además terminan consumiendo.

¿Quién no sabe en que polígono o lugar de su ciudad hay un club de alterne?. Ese club que bajo el amparo de una  denominación y epígrafes tales como hostales, bares… fomenta y vende claramente la mujer como objeto sexual a cambio de una retribución económica. Claro que tampoco si no hubiese demanda tampoco habría oferta, porque tristemente es frecuentado por personas de sus distintos estatus sociales, comenzando por políticos, jueces, policías y terminando por panaderos, o con orden inverso que da lo mismo pues al final el orden de los factores….

La realidad que existe dentro de esos “hostales” es otra distinta a las que intentan normalizar, pues el empresario es consciente de la explotación de la mujer, ya que el mismo por el espacio de una habitación que utilizará la mujer como morada, normalmente compartida y siendo generalmente la misma para atender los deseos carnales de los hombres, aporta una elevada  asignación diaria económica que denominan: “plaza”. Esa solicitud de plaza puede ser por voluntad propia de la mujer (no olvidemos que siempre derivada de una necesidad imperiosa),  procedente de una organización criminal de trata de blancas o simplemente de un proxeneta. De todo ello es consciente el empresario del camuflado hostal, ya que el origen de la mujer le suele importar muy poco, solo lo que es capaz de producir.

La hipocresía de todo esto radica en aquellos que por razón u oficio conocen perfectamente cuál es el funcionamiento de los clubes de alterne y como es evadida por dichos explotadores sexuales, en cambio, acceden a los “servicios” prestados por víctimas. Pero no solo ellos son los únicos hipócritas de esta explotación, si no el resto de hombres que critican esta práctica, y luego normalizan alegando que solo acceden a ellos en un momento puntual, una despedida de solteros…

La erradicación en gran medida de la prostitución en nuestro país  tendría una fácil y rápida solución: tipificar el acceso a estos “servicios” como delito con penas de prisión.  Aunque lo más fácil es seguir siendo hipócritas y aprovecharnos de esas mujeres víctimas accediendo a nuestros deseos carnales que se remontan desde las civilizaciones más primitivas hasta la presente.